Salí de clases y al bajar las escaleras tan cuadradas y no de caracol como las del castillo de Eklissedimmer, ví tres figuras detrás del vidrio que separa la parte trasera de la preparatoria con la interna sentadas sobre sus mesas, papeles bajo sus brazos y una pluma con tinta entre sus puños.
Me acerqué a este vidrio y le toqué a uno de las personas que se encontraban del otro lado. ¡Era el professor Ingues! Y a su lado se encontraba meramente que el entrenador de mi tan elgodiado grupo de jugadores de baloncesto.
Le dije con señas que le hablara a aquel maestro de maestros de básquetbol. El hombre calvo le llamó al gran hombre de los anteojos. Me vió y me dijo (con señas) que diera la vuelta al edificio para llegar a ellos.
Así fue. Salí por la puerta principal y me dirigí hacia allá. Pasé por mis compañeros todos. Habíamos salido una clase (50 minutos) antes del toque de salida, por lo que tenía que aprovechar esta oportunidad para enlistarme a la gran élite de guerreros.
Pasé por el costado oeste de la preparatoria y llegué finalmente a las antecámaras (por cierto, temporales y al aire libre) de los tres hombres encargados de las actividades deportivas y atléticas en la institución.
Hablé con el encargado de básquetbol, mi futuro entrenador. Me dijo que sólo anotara mi nombre, teléfono y grupo; y que los entrenamientos comenzarían a partir del siguiente lunes. Por cierto, fui el primero en anotarme en la tan majestuosa lista.
Me despedí respetuosamente (además de sentir un elogio hacia él). Seguí mi camino y no pude dejar de pensar en lo que me esperaría en esta legión.
Lo último que pude hacer en las instalaciones de Il Zièdew fue contemplar una hermosa contelación en esta tarde.
Me acerqué a este vidrio y le toqué a uno de las personas que se encontraban del otro lado. ¡Era el professor Ingues! Y a su lado se encontraba meramente que el entrenador de mi tan elgodiado grupo de jugadores de baloncesto.
Le dije con señas que le hablara a aquel maestro de maestros de básquetbol. El hombre calvo le llamó al gran hombre de los anteojos. Me vió y me dijo (con señas) que diera la vuelta al edificio para llegar a ellos.
Así fue. Salí por la puerta principal y me dirigí hacia allá. Pasé por mis compañeros todos. Habíamos salido una clase (50 minutos) antes del toque de salida, por lo que tenía que aprovechar esta oportunidad para enlistarme a la gran élite de guerreros.
Pasé por el costado oeste de la preparatoria y llegué finalmente a las antecámaras (por cierto, temporales y al aire libre) de los tres hombres encargados de las actividades deportivas y atléticas en la institución.
Hablé con el encargado de básquetbol, mi futuro entrenador. Me dijo que sólo anotara mi nombre, teléfono y grupo; y que los entrenamientos comenzarían a partir del siguiente lunes. Por cierto, fui el primero en anotarme en la tan majestuosa lista.
Me despedí respetuosamente (además de sentir un elogio hacia él). Seguí mi camino y no pude dejar de pensar en lo que me esperaría en esta legión.
Lo último que pude hacer en las instalaciones de Il Zièdew fue contemplar una hermosa contelación en esta tarde.
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