Buenos días. Estoy en la sala de mi pequeña casa escribiendo para este mi no tan afamado diario, debido a mi discreción.
Les prometo que algun día más de ocho personas conocerán la existencia de este blog y espero que ellos lo firmen.
No pude aguantar más la cama, después de sentir que algo entró a mi oído. No pude resistir más para no dormirme otra vez.
No sé si dormí lo suficiente, y batallo un poco para recordar qué rayos soñé.
Después de levantarme prendí la televisión. Le puse a un canal que quería ver, que por cierto cuyo número es la fecha de Agosto en que el Equipo Olímpico de Básquetbol Femenil de Estados Unidos ganó la Medalla Dorada los pasados juegos olímpicos en Atenas.
Eran las seis y media, más o menos, de la mañana. Todo estaba aburrido, por lo que había decidido bajar a la sala la computadora y empezar a hacer cosas pendientes.
¡Por fín! Las siete de la mañana.
Hora en que sale un programa infantil, pero la verdadera razón por la que lo veo es por algo que siento. Es por alguien.
Y ese algo, es una ilusión, es amor, es un sueño.
Y ese alguien, es una muchacha, una linda muchacha que me cautiva con su hermosa sonrisa y su bella semblante.
Ahora, con la imagen que les comparto, me recuerda a las vísperas de levantarme hoy (sin los bellos árboles). Vi el alba, y de alguna u otra manera, extrañaba a la Luna.
¿Por qué tanto afecto a la Luna?
Porque cuando a esta muchacha, Medemel do Guilhoux, le veo a los ojos, parece como si ella tuviese dos hermosos satélites, dos lunas. Y ojos como esos, no hay otros.
Por eso es tanto afecto a la Luna, mujer que sobre mí (y sobre ustedes también) hace sus mofas nocturnas y nos seduce con su resplandor.
Me retiro, saludándolos a todos y desearles buen día. Hasta que la Luna me encuentre de nuevo.

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