Freitag, 4. April 2008

Agentes longevos y dientes adolescentes

Este sueño pertenece a la época en que yo estudiaba dentro de La Institución (Il Zièdew Abanarins). Yo me encontraba en mi segundo semestre, ya que como se darán cuenta leyendo este sueño, yo tenía en ese entonces tan sólo dieciséis años. ¡Qué chiquillo!

En mi primer semestre en la preparatoria yo me había incursionado por primera vez en el curso del idioma Deutsch, con la maestra [Clara León], y fue en ese tiempo donde conocí a Alèide, una muchacha alta, guapa, atractiva, de voz algo grave, pero al mismo tiempo coquetamente suave. De cierta forma me enamoré de ella. Pero solamente fue una atracción y ya.

Sobre los personajes de este sueño, creo que es raro que yo ya haya soñado en dos ocasiones con inspectores y casos de este tipo. ¿Qué tanto traman mis sueños?



Esta vez mi sueño trato más o menos así:

Trataba de ayudar, creo, a resolver un caso, donde ciertos hombres, de alta edad y cabellos canos, eran traficantes de una droga que era un polvo grisáceo, y del cual se libraban poniéndoselo a otra gente.

Conmigo trabajaban varias personas, o más bien, yo trabajaba con varias personas, y una de ellas era una mujer que me anunciaba mis nuevas tareas, y otro personaje que llamó mucho mi atención, fue un hombre alto, delgado, de pelo ya canoso, y vestía siempre una gabardina café.

Tenía que tomar un camión para ir a los lugares que me habían encomendado. Pero dentro del autobús, siempre me encontraba con este tipo de agentes longevos que introducían en los demás, incluyéndome a mí, una droga en sus prendas. Cuando se acercaban por mí para bajarse del camión, se pegaban a mí e impregnaban mi ropa de esta droga de la cual no sabía deshacerme.

Pasado el tiempo, me encontraba en mi casa con unas primas, y (por primerísima vez) también se hallaba entre ellas una visitante: Alèide, una chica alta y guapa. Mis primas estaban convenciendo a esta muchacha de que se quedara con nosotros, mencionándole las cosas grandiosas que haríamos en la casa de una tía nuestra. Al parecer ella aceptó y en ese instante me sonrió y sacó su lengua, jugando.

Yo quise responderle de la misma manera, y cuando iba a sacar mi lengua, sentí que una de mis muelas de la mandíbula inferior del lado izquierdo me dolía y al momento de sacar mi lengua, mi diente ya había caído.

¡¿Cómo se me pudo caer un diente a los dieciséis años?!

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