Hace más de dos años que ocurrió mi salida planeada de la gran Jugendliche Gemeinschaft, donde viví casi tres hermosos años juntos a hermosas personas con las cuales crecí bastante y conocimos a Dios, su Iglesia y a nosotros mismos. Desde aquel entonces ya no he tenido gran contacto con alguien de aquella comunidad católica, y sinceramente extraño mucho esa fraternidad.
No puedo evitar sentir algo de envidia, algo de deseo por pertenecer a un grupo donde sentirme querido, escuchado, acompañado, con amistades cercanas, y personas que quieran conocerme. La verdad, en la mayoría de los años que he vivido, en pocas ocasiones he sentido que alguien quiera conocerne. ¿Acaso irradio cierto temor en la gente? ¿Por qué casi nadie se acerca, aún en grupos, a platicar conmigo?
Sé que puedo sonar egoísta, al querer que al menos alguien se interese por mí, pero la verdad es que siento que casi nadie lo hace, sin contar a mi familia o a Dios mismo. La verdad, hace tiempo que no recibo alguna llamada de un amigo, tampoco de los grandiosos hermanos que formé en mi grupo 89.
Sé que a lo mejor yo solo me separo del grupo en muchas ocasiones, tanto por mi forma de ser, por mi dedicación en la escuela, por mis estudios o, como actualmente sucede, por mi profesión y trabajo. También sé que a lo mejor muchos también se mantienen ocupados con sus estudios, negocios, profesiones. actividades extracurriculares, roles en estos grupos de la Iglesia e incluso relaciones de noviazgo, pero, ¿acaso no hay alguien con quien compartir tiempo?
Sé que mi trabajo y mi estilo de vida no me permiten salir demasiado de mis quehaceres. Pero, ¿en qué momento volveré a la Jugendliche Gemeinschaft, si es que llego a regresar? ¿Cuándo tendré tiempo de poder tener una relación de noviazgo? ¿Podré estudiar mi posgrado y llevar a cabo una relación con una chica? ¿Los demás tendrán tiempo para mí?
Ya se acerca el invierno, y con él los momentos de frío, soledad, reflexión y propósitos. Deseo tanto tener a alguien cercano, aunque sea una sola persona, pero extraño esa camaradería, esas amistades católicas, esas chicas lindas y preciosas, las juntas de trabajo, los encuentros semanales, los encuentros con Dios y el compartir, y más cosas que podría seguir enumerando. Y todavía me pregunto, ¿por dónde me llevas, Dios?
No me quejo de mi trabajo, el cual me gusta demasiado, sintiéndome afortunado de estar trabajando en algo que me gusta. ¡Mejor lugar no pude encontrar! Pero, ¿hay algo para mí más adelante? ¿Lograré mis metas y deseos? ¿Me casaré? ¿Tendré hijos? ¿Lograré irme fuera del país? ¿Seré feliz?
Sé que muchas cosas dependen de mí, pero otras, Dios las va poniendo en su lugar. Sólo quiero tener a una buena amistad, una compañía buena y fraterna. Y a veces en esa soledad me sigo perdiendo en la oscuridad del pecado y de las malas distracciones.
¿Por qué varios sí pueden disfrutar de la compañía de lindas chicas mientras yo, incluso en mi trabajo, paso las horas casi solo y sin compañía femenina? ¿Estoy destinado a vivir así o en serio encontraré el amor en esa mujer que será mi hermosa esposa?
Dios, no permitas que me sienta así.
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