Desde hace unos días me había puesto en contacto con esta chica, con el mismo apellido que el Regiomontano universal y del mismo nombre de una gitana famosa de los setentas. Habíamos platicado ya por Facebook e incluso también platicamos por teléfono. Su voz, aún sin ser tan dulce, sonaba sincera, directa, franca y segura. Sólo había visto pocas fotos de ella, viendo a una chica morena, de figura al parecer delgada y sin ser alta. Tenemos gustos distintos en cuanto a música se refiere, sin contar la formación académica (ella es administradora de empresas), aunque ambos compartimos, además de casi la misma edad, la misma fe católica, y el interés de crecer profesionalmente y encontrar a alguien especial.
Nos pusimos de acuerdo, y habíamos quedado de vernos el día de hoy, por la tarde, en el centro de Harlzbornn, específicamente donde se encuentra el caballo de Botero. Para ese entonces ya habíamos conversado un par de veces por el teléfono. Ya nos conocíamos un poco. Sólo faltaba vernos frente a frente, salir a platicar más a fondo, reafirmar nuestras identidades el uno al otro, y disfrutar de la cita. ¡Cita!
Suena demasiado formal para mí esa palabra, no tanto como la equivalente inglesa, date; aunque la verdad es que ya en estos últimos años se han puesto de moda los sitios de internet de citas y los programas de televisión que intentan unir a gente en un tipo de competencia o eliminatorias para encontrar a esa pareja destinada a vivir el amor juntos, pasando por varias citas previamente.
Pasados unos minutos de la hora acordada me llamó a mi celular, diciéndome que no encontraba el caballo, hasta que le comenté que nos viéramos en la fuente (¡qué romántico parecía!) frente al Museo de Historia Mexicana. Tras algunos pocos minutos la logré divisar, adivinando que era ella por los gestos de alegría y su movimiento directo hacía mí. Resultó ser más pequeña que yo (midiendo aproximadamente un metro y medio, o poquito más), agradable, platicadora, un poquito gordita, mas no tanto, pues se veía delgada para ser gordita.
No puedo negarlo, sí me puse nervioso, en algunos segundos no sabiendo sobre qué hablar, hasta que sólo dejé que mi boca, por no decir mi corazón, hablara, preguntando, contando, describiendo y narrando cosas de las que quería platicar o saber. Logramos tener una conversación semifluida, sin muchas lagunas, o popularmente mejor conocidas como silencios incómodos. Conocí a una chica tranquila, católica, trabajadora, sencilla, con ganas de crecer, y casi lo más sorprendente, similar a mí en varios aspectos. ¡Eso sí que es algo increíble!
Jamás pensé que llegásemos a ser similares en ciertas cosas, por ejemplo el que ambos no salgamos mucho de nuestros hogares más que al trabajo, su gusto por el dibujo y la pintura, el que no nos interesa mucho la idea de asistir a conciertos y pasar horas parados, por decir algunas cosas. Somos algo similares, y eso me gusta, por lo que eso, además de nuestro interés y sinceridad, permitió que ambos disfrutáramos de nuestra cita.
A pesar que ella no pudiera inicialmente llamarme mucho la atención por su físico, su personalidad es algo similar a la mía, y eso es demasiado. Ya habían pasado las seis de la tarde, ya el sol se había escondido al poniente de la ciudad y decidimos regresar a la explanada del Museo de Historia Mexicana, para luego caminar más adelante hasta la estación del metro subterráneo de Ignacio Zaragoza, donde más tarde nos despediríamos.
Fue una linda chica, y una linda cita.
Pasados unos minutos de la hora acordada me llamó a mi celular, diciéndome que no encontraba el caballo, hasta que le comenté que nos viéramos en la fuente (¡qué romántico parecía!) frente al Museo de Historia Mexicana. Tras algunos pocos minutos la logré divisar, adivinando que era ella por los gestos de alegría y su movimiento directo hacía mí. Resultó ser más pequeña que yo (midiendo aproximadamente un metro y medio, o poquito más), agradable, platicadora, un poquito gordita, mas no tanto, pues se veía delgada para ser gordita.
No puedo negarlo, sí me puse nervioso, en algunos segundos no sabiendo sobre qué hablar, hasta que sólo dejé que mi boca, por no decir mi corazón, hablara, preguntando, contando, describiendo y narrando cosas de las que quería platicar o saber. Logramos tener una conversación semifluida, sin muchas lagunas, o popularmente mejor conocidas como silencios incómodos. Conocí a una chica tranquila, católica, trabajadora, sencilla, con ganas de crecer, y casi lo más sorprendente, similar a mí en varios aspectos. ¡Eso sí que es algo increíble!
Jamás pensé que llegásemos a ser similares en ciertas cosas, por ejemplo el que ambos no salgamos mucho de nuestros hogares más que al trabajo, su gusto por el dibujo y la pintura, el que no nos interesa mucho la idea de asistir a conciertos y pasar horas parados, por decir algunas cosas. Somos algo similares, y eso me gusta, por lo que eso, además de nuestro interés y sinceridad, permitió que ambos disfrutáramos de nuestra cita.
A pesar que ella no pudiera inicialmente llamarme mucho la atención por su físico, su personalidad es algo similar a la mía, y eso es demasiado. Ya habían pasado las seis de la tarde, ya el sol se había escondido al poniente de la ciudad y decidimos regresar a la explanada del Museo de Historia Mexicana, para luego caminar más adelante hasta la estación del metro subterráneo de Ignacio Zaragoza, donde más tarde nos despediríamos.
Fue una linda chica, y una linda cita.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen